El sector del lobby es un puente por el que transita información entre la sociedad civil-empresarial y el sector político-público y, como todos los puentes, solo sirve si alcanza ambas orillas.

Ahora que parece que se empieza a manifestar, por fin, la voluntad política de regular la actividad de los lobbies y grupos de interés es buen momento para algunas reflexiones y aclarar puntos sobre la actividad de este sector.

De entrada conviene recordar, siempre que se pueda (y así lo hago yo hoy), que las personas que nos dedicamos a esto somos las primeras interesadas en que la actividad se regule, se haga transparente y haya reglas públicas para que los ciudadanos sepan que no hay nada que esconder, ni hay trampa alguna en que un político hable con representantes de una empresa, de un sector industrial, de un sindicato, de una patronal o de una ONG. Así lo explicábamos en nuestro artículo ‘Las tendencias del lobby en España‘.

En las Cortes se toman cada día decisiones detalladas sobre múltiples asuntos. El Congreso tiene 19 Comisiones legislativas (que es donde suelen estar los diputados cuando no hay Pleno). El Senado, algunas más. En ambas cámaras y en las autonómicas hay subcomisiones, ponencias, reglamentos, procedimientos de aprobación, plazos, cupos de iniciativas, informes de legalidad, informes consultivos, reuniones regladas y no regladas, comparecencias, etc. y, por supuesto, votaciones, votaciones y más votaciones. Es un mundo que no suele verse en la tele pero que existe y que abarrota el tiempo de los políticos.

El trabajo de un lobista es conocer esa vorágine y saber cómo introducir en las apretadas agendas de los políticos, los datos y las informaciones que sus clientes quieren que sean tenidos en cuenta antes de decidir. Porque las decisiones en política, como en farmacopea, siempre tienen efectos secundarios. No hay decisión política en la que todos ganen, hasta el punto de que se ha dicho que el buen político es el que arregla un problema sin causar otro mayor.

El lobista profesional sabe que los políticos con los que habla apreciarán que la información que les transmita sea cierta, pertinente y leal.

No hay decisión política en la que todos ganen, hasta el punto de que se ha dicho que el buen político es el que arregla un problema sin causar otro mayor

Además, la complejidad de las sociedades modernas hace muy difícil prever hasta dónde llegarán las ventajas de una ley y tampoco dónde se producirán efectos adversos y a quiénes afectarán. Los políticos de calidad lo saben y son conscientes de lo importante que es estar lo mejor informados posible antes de tomar una decisión. Decidir solo por la propia voluntad “sin querer saber nada más” es el camino seguro al fracaso y no es raro que éste se presente dañando a quienes nunca se pensó que lo haría.

Ese trabajo de transmisión de información hacia la política lo pagan, por supuesto, las empresas, grupos empresariales, asociaciones o colectivos que hayan contratado al lobista y son -claro está- sus clientes, pero no sus únicos clientes. El lobista profesional sabe que los políticos con los que habla no le atenderán siempre por simple cortesía, sino que apreciarán que la información que les transmita sea cierta, pertinente y leal. Esto es, que les sirva para conocer un punto de vista privado y legítimo pero también para ayudarles a completar una visión global del asunto del que se trate, que siempre tendrá la complejidad a la que ellos deberán enfrentarse a la hora de decidir, que es para lo que les elegimos.